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Reconectar en la era de las pantallas: cómo recuperar lo humano en un mundo hiperconectado

  • Foto del escritor: Rosana Huerga
    Rosana Huerga
  • 21 oct
  • 3 Min. de lectura

Este artículo fue publicado originalmente en la revista Antetodo Magazine.


Hoy vivimos una paradoja: jamás habíamos estado tan “conectados” y, sin embargo, muchas personas sienten que la cercanía emocional se ha ido desvaneciendo. La tecnología, las redes sociales y la comunicación instantánea nos han regalado grandes ventajas: información al alcance de un clic, conversaciones en segundos, la posibilidad de acercarnos a quienes están lejos. Pero, al mismo tiempo, esta inmediatez nos ha alejado de algo básico: la presencia real, con nosotros y con los demás.


Desde mi experiencia como psicóloga con un enfoque integrador y sensible al trauma, veo cada día cómo lo digital moldea la manera en que nos relacionamos, cómo percibimos a los otros y cómo nos interpretamos a nosotros mismos. No se trata de demonizar la tecnología (es evidente que llegó para quedarse), sino de reflexionar sobre su influencia en nuestra salud emocional y buscar formas de recuperar la conexión genuina. Las redes sociales dan la sensación de cercanía. Un “me gusta” o un comentario pueden despertar esa pequeña chispa de dopamina que nos hace sentir vistos. Pero, ¿es esa compañía real? Cuando nuestro bienestar depende de la validación en línea, entramos en terreno inestable: empezamos a compararnos sin parar, a medir nuestro valor por números y a mirar vidas idealizadas que solo muestran fragmentos cuidadosamente elegidos. Esto trae consecuencias: ansiedad social, aislamiento incluso estando “en línea” todo el tiempo, baja autoestima cuando no obtenemos la respuesta que esperamos y desconexión del momento presente, porque nuestra atención queda atrapada en la pantalla. La presencia (estar de verdad en el aquí y ahora) se va diluyendo con las interrupciones constantes. Escuchar sin distracciones, mirar a los ojos, sentir el propio cuerpo mientras compartimos una conversación o un silencio… son actos cada vez más escasos. En una cena familiar, alguien revisa el teléfono; en una reunión de amigos, alguien detiene la charla para subir una historia. Poco a poco aprendemos que “lo digital” parece más urgente que “lo humano”.


El coste emocional es alto: diálogos más superficiales, menos intimidad, un cuerpo en alerta que no encuentra calma. Y es curioso, porque las relaciones que nos nutren necesitan justo lo contrario: tiempo, atención y vulnerabilidad. La tecnología no es mala por sí misma. El problema aparece cuando desplaza el contacto humano, altera el descanso con el uso nocturno de pantallas, se convierte en nuestra única fuente de validación o fomenta hábitos compulsivos de revisar el móvil cada pocos minutos. La buena noticia es que la conexión auténtica sigue ahí, esperando que la cultivemos de forma consciente.


Podemos empezar con acciones simples: espacios sin pantallas: por ejemplo, durante las comidas o al despertar. Escucha activa: mirar a los ojos, dejar el teléfono a un lado, mostrar interés genuino. Pausas digitales: reservar horas o días libres de redes para reconectar con lo real. Conexión con el cuerpo: respirar hondo, notar sensaciones sin distracciones. Calidad sobre cantidad: una charla profunda vale más que cien mensajes rápidos. La presencia tiene un efecto reparador. Cuando alguien nos escucha sin mirar la pantalla, cuando compartimos un abrazo largo o podemos hablar sin ser interrumpidos por una notificación, nuestro cuerpo y nuestra mente lo sienten como un momento seguro.


La neurociencia lo respalda: la conexión auténtica activa circuitos cerebrales de calma y confianza, reduce el cortisol y fortalece nuestra resiliencia emocional. No se trata de abandonar lo digital, sino de replantear cómo lo usamos. Podemos preguntarnos: ¿esto que estoy haciendo me acerca a alguien o me ayuda a evitar algo que no quiero sentir? ¿Lo que comparto es un reflejo real de mi vida o solo busco aprobación? ¿Ahora necesito una pantalla o una conversación? Este tipo de preguntas nos ayuda a tomar decisiones más coherentes.


Algunos hábitos que marcan la diferencia: Poner límites claros de tiempo frente a pantallas. Cuidar la higiene del sueño evitando dispositivos antes de dormir. Practicar actividades que nos anclen al presente, como ejercicio, arte o meditación. Mostrar vulnerabilidad en las relaciones cara a cara, sin filtros. Crear rituales de conexión: caminar juntos, cocinar, conversar sin dispositivos cerca.


Estamos aprendiendo a vivir con una tecnología que avanza más rápido que nuestra capacidad de adaptarnos. La clave está en no perder de vista lo esencial: el contacto real, las miradas, las palabras sin prisa, los gestos que no caben en una pantalla. Recuperar la conexión emocional es un acto de cuidado y resistencia. Es recordar que nada sustituye la presencia auténtica, una risa compartida o un silencio acompañado. En un mundo lleno de notificaciones, ofrecer nuestra atención plena es un regalo único… y uno que también podemos regalarnos a nosotros mismos.


Si te sentiste identificada/o, puedes pedirme ayuda profesional aquí.

 
 
 

© Creado por Rosana Huerga

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