¿Trabajas para vivir o vives para trabajar? Cuando la responsabilidad se vuelve una carga invisible
- Rosana Huerga

- 20 oct.
- 3 Min. de lectura
Vivimos en una cultura donde producir es casi sinónimo de valer. Nos enseñan a ir más rápido, a rendir más, a no parar. Y, sin darnos cuenta, dejamos de preguntarnos algo básico:¿trabajo para sostener mi vida o mi vida gira en torno al trabajo?
Puede parecer una pregunta simple, pero la respuesta marca la diferencia entre vivir con equilibrio y vivir en un estado constante de agotamiento.
Cuando el trabajo es solo una parte… o lo es todo
Trabajar para vivir es ver el empleo como una herramienta: me permite pagar facturas, tener estabilidad y disfrutar del tiempo fuera del trabajo (amistades, familia, ocio, descanso).
Vivir para trabajar es distinto: el trabajo se convierte en identidad, centro de valor y único lugar desde donde sentir propósito.
En psicología hablamos de fusión identidad-trabajo. Es decir, no “soy una persona que trabaja como médica”, sino “soy médica”. Esto no es malo por sí mismo, pero puede volverse peligroso cuando:
Cualquier error se siente como un fracaso personal.
Las relaciones, el descanso o el placer pasan a un segundo plano.
Aparecen el agotamiento emocional, el burnout o una sensación de vacío cuando el trabajo no va bien.
Una pérdida de empleo, una baja o la jubilación dejan a la persona sin rumbo.
Responsabilidad o autoexigencia disfrazada
Ser responsable es sano. Lo dañino es convertir la responsabilidad en autoexigencia constante: estar siempre disponible, no fallar nunca, cargar con todo “porque si no lo hago yo, no lo hace nadie”.
Muchas veces esto nace de creencias aprendidas desde la infancia:
“Descansar es perder el tiempo.”
“Si no soy útil, no valgo.”
“Tengo que poder con todo.”
Con el tiempo, esta forma de vivir no solo cansa: también desconecta de una mism@.
El cansancio que no se ve
No siempre hay lágrimas, colapsos o diagnósticos. A veces solo hay una rutina que pesa: despertarse, trabajar, volver a casa, seguir pensando en el trabajo. Y así cada día.
Sin ganas de salir. Sin creatividad. Sin ilusión.Y lo más duro: el esfuerzo no trae satisfacción, solo más cansancio.
¿Cómo empezar a recuperar el equilibrio?
1. Vuelve a tus valores
Pregúntate: ¿qué me importa de verdad? ¿Trabajo para sentir estabilidad o para llenar un vacío? Reconectar con los valores es el primer paso para decidir hacia dónde quieres ir.
2. Aprende a poner límites
No se trata de hacer menos, sino de decidir hasta dónde. Decir “no” a tiempo es una forma de respeto hacia ti misma@.
3. Crea espacios que no sean productividad
Leer por placer, caminar, cocinar sin prisas, escuchar música, no hacer nada… Necesitamos volver a habitar la vida más allá de las tareas.
4. Deja de idealizar el sacrificio
Trabajar hasta el extremo no es admirable si te apaga. El desgaste no es vocación: es una señal de alarma.
5. Pide ayuda si lo necesitas
No siempre se puede sol@. La terapia puede ayudarte a cuestionar creencias rígidas, encontrar equilibrio y construir una vida que no duela vivir.
Para cerrar…
No somos máquinas. No nacimos solo para marcar casillas en una lista de cosas pendientes. El trabajo puede darnos propósito, sí, pero vivir también incluye sentir, descansar, dudar, reír, parar.
Si sientes que el trabajo se ha llevado todo tu espacio interno, quizás no se trate solo de cambiar de empleo, sino de volver a ti.Porque cuidarte también es una forma de responsabilidad.



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